martes, 12 de agosto de 2014

Selfish


Nunca es demasiado tarde
para un corazón
que muere
en pausa,
sin acabar de hacerlo
entre un oleaje
de aguas negras
y una voz rota
de gemir en el recuerdo.

lunes, 11 de agosto de 2014

Sí


Una verdad no
vale absoluta-
mente nada
sin una mano
cálida
que la sustente

Arcoiris imaginativos

Nada es lo que parece.

El interés es puro morbo.
Ni hace demasiado sol,
ni el zielo se desborda.

No es tiempo de cosecha,
Nunca lo ha sido.

Coge tus cosas
y vete lejos.
Allí, al otro lado de la colina
donde llueve
y existen arcoiris.

No es soñar el problema,
pues despierto
toda sensazión es vida;
Es dejar de soñar,
por falta de rizo dorado,
espiral interna de un latido.

No importa, en serio.
Ni reinos a cambiar por caballos,
ni imperios que caen por la belleza.
Ni besos furtivos fútiles,
ni soledad inescrutable.

El silencio y el pasotismo
son la épica al descaro
de quien por no amar, ni ama;
de a quien por no tener,
ya no le queda ni sueño.

Fuera..!..
Fuera..!..

Mientras te pierdes...
o me pierdo...

miércoles, 6 de agosto de 2014

Meneo patinete

Dos bocas abiertas
con dientes
separados
y apunto
de encontrarse.

Lengua, saliva de sal fina
entre dos lenguas
hechas una.
Lenguas de tropiezo
de ansia viva, en carne viva.

Mordidas y a jirones
en el marfil
que aprisiona
la enzía de labios rojos
al lado exacto
de la muerte
dulce y atrevida,
atreviéndose,
a golpear
la dezenzia del silencio
incando el diente.

Labios de piel
en sangre caliente.
No toda garganta alflora
girasoles de hojas negras.
Ni todo el miedo
irresoluble de la inexpliativa
reencolntrada;
a cada salto
entre la vereda
de manos que se ajitan
y el alma se aterra.

Se malinterra. Como si dijese tierra adentro.
Al final, costó cara la sombra de la saliva.

Esbozo y traqueteo

Verano

Ruge mi alma
siempre
a deshora.

Intento escapar
del atardezer mustio
sin caer de rodillas
llorando
frente a la noche,
joven de inquietudes,
en soledad recibida.

Ruge mi corazón
débil de fuerzas
como tratando de llegar
hasta el interior
del estómago
de la madre tierra.
Sin encontrar agua fresca
ni musgo
pegado a las piedras.

Hoy más que nunca
nezesito,
que me rescates
con un beso.
Sólo un beso.

No ostento corona ni cetro
ni el terciopelo,
sobre mi piel, marquesado;
Mi valor es cuestionable,
y mis miedos de cuantía.
Abro mi corazón en refresco,
siempre me dan las tantas
del siguiente día, el siguiente espasmo.
Soplo por no gritar.

Acuziante refriega de malas ideas
en tono de lírica y machada.
Hoy por hoy nada importa demasiado
como para creer
en la fe inquebrantable o
la promesa de una nueva carizia.

Cuando llegue septiembre, y muera el verano,
quizás se disipen las nubes negras
que consumen la luz interior
de quienes se callan
para escuchar como muere el tiempo.
Entre labio y labio.
Entre luchas acaezidas
entre el calor de quien se ama.
Salpicando olor a vida.
Salpicando. Salpicando.
Sentirte, polvorienta,
multicoloreada, torpe, miope,
resplandeziente, árida...
con piel con sabor a sal.

lunes, 4 de agosto de 2014

Belize

Cuando sólo nezesito un colchón frente a la ventana, sobre el suelo, entre tanta ceniza, polvo y restos de tecnología. Cuando todo queda algo perdido y no encuentro las cortinas. No puedo correrlas, para que entre la luz. Me tiembla el pulso, cuando ante la inminente aventura de robar el primer beso, en una azotea cualquiera o las sábanas de ese colchón antes mentado, dejado florecer sobre el suelo, todo se queda en silencio. Es extraño ser ya nada de lo que tanto me costó ser. Quiero ese sol sobre tu espalda, esas manos que navegan por la misma sin sentido. Ya, Virgilio, en su odisea dejó entrever que la fe y la suerte no están de la mano. Yo contemplo su obra hecha carne. Sus olas de cintura prieta, su oleaje moldeando pechos florecientes. Piel de opalescencia, carne trémula, mirada perdida, dientes sin mella. Hoy, vuelvo a abrir los ojos, tumbado sobre unas sábanas tristes de ronroneo, y muevo la parte inferior de una cortina, como esperando que el sol esculpa de la Nada esa Babilonia que el Atlántico me arrancó. Estiro los dedos y dejo las huellas sobre el cristal de la ventana. Nada aparece, ni siquiera moldeado de la Nada. No me quedan lágrimas, aún es demasiado pronto. La madrugada ha sido larga y mi corazón un peso muerto con el que cargar sin aliento. Las sábanas azules secas y revueltas, el olor a soledad, la apuesta por mantener en agrietado modo una sonrisa aun cuando algo no parece funcionar, cuando el sueño se escapa y no vuelve, cuando estás ahí, junto a mí, dormida, sin preocupaciones, cerca, muy cerca... (Vuelvo a matizar) ...tan cerca que casi puedo besarte los huesos... "Que alguien venga y me rescate con un tópico beso tropical", dije en tono dramático, y lleno de emoción, con el pelo sobre la almohada y la mano sobre el corazón. Como una última voluntad para quien pierde el valor a la locura. Como un último latido, como mano ajena sobre mi apecho. Abro los ojos. Abro los ojos. Vuelve a ser demasiado tarde, o quizás sólo es la distanzia, que empaña la vigilia concedida a destiempo, entre caricias, mientras me quedo dormido...

viernes, 1 de agosto de 2014

Aiboga y Eritrea

Tengo corazón.
Viento en sátira
vuela
se reconvierte en espasmo
¡Marea de mareas!
El sol trina
por salir
y morder las montañas.
Aunque no hay sol,
ni montañas,
ni propia marea.

Granjeo sombras por cada latido pasado
paso por delante de vitrinas
de instantes guardados a conciencia.
No tengo ilusión por recobrarlos.
Caigo en el Diógenes de la numismática,
ofreciendo mi alma al Diablo
por un poco de viento.

Ya no puedo más.
No puedo abrir la mano
y perder los dedos
sin que a nadie le importe.
Ya no puedo más...
...que encontrar un espazio
apartado y en silencio,
encontrarme con la voz del sueño
y gritar muy alto.

No puedo más.
Esperaré como al que le esperan.
Sin prisas, ni agobios...
sin mala fe. Con el alma ardiendo.
Con la fantasía incontrolable
de que su pequeña mano;
(o su pequeña voz, rota y quebrada,
o su habilidad para oler a hierbabuena)
surque mi espalda
marcando en cada pequeño afluente
de cada carizia
una marca atemporal...
De fondo, una sonrisa.



Hoy más que nunca
nace un Nuevo Día,
con sabor a despedida,
con huracanados cambios de huracán,
improvisados rayos de sol, huidizos,
y siquiera nada de hambre.


Será que ya no es primavera, y todo vuelve a arder.
Como siempre.
De corazón.
Como ves.
Caliente.
Caliente.


jueves, 31 de julio de 2014

Café de Avellaneda

Una habitación con vistas
a un patio.
A ninguna parte
en particular.

El ambiente, cargado
del humo denso del tabaco
se deja iluminar débilmente
entre las cortinas
y las agrietadas persianas
por encima de la mesa.

Cristal en reflejo de ceniza.
Música de fondo.
Se agita el mundo
al otro lado de la ventana.
El viento sopla con aspereza.
Tropieza mi vista
sobre las baldosas blancas y negras,
que estáticas, acumulan polvo.

Una habitación,
un sueño.
Mobiliario en eterna migración,
resaca de independencia.
Sagrada soledad que reverbera
con cada sorbo de café.
Junto a la ventana.
A nadie.

Pequeño reducto de paz
donde las manos se aprietan
y los ojos se dan un baño 
de masas, mínimas,
mientras el corazón late
y la tarde se apresura.

Vivir dentro del recuerdo
de una sensación pasajera.
Grita un cielo despejado
en calidez circunfleja.
Suelto lo que sostenía
sobre la mesa.
Dejo de escribir,
mirando al patio
desde las alturas,
y me reduzco al mínimo
denominador común.

Quedo en silencio.
Cierro los ojos,
y huelo la primavera,
en pasado resplandor;
en memorias de una Geisha.
La taza a medio vaciar
fría, impertérrita
y el caliente recuerdo 
del primer sorbo,
frente al viento, me compensa.

martes, 29 de julio de 2014

Vida ecuánime

NO entiendo
las patadas del tiempo
ni el óxido de las manillas
del reloj que cuelga en la pared.

Respondo al inconformismo,
ante la incongruencia y el miedo.
Preparo la lengua
para sacarla al sol.

Náufrago de uno mismo,
sin valor ni emociones añadidas,
vástago triste de la suma soledad
que siente
 quien alcanza la cima del mundo,
 con el borde de los labios
(mientras muere...)
(mientras vive...)
para quedarse de nuevo
flotando boca arriba
en los charcos de fango
que afloran en la superficie
de las calles...

Me gustaría apretar los puños
y encontrar un instante
de Tierra Prometida,
sin echarme a llorar,
entre la melancolía
de recuerdos intensos y cercanos,
demasiado indescriptibles
como para ser soñados.

Solo deambulo entre pesadillas...

Dime, Diosa Fortuna:
¿Tango ahajé tu coraza de buena esperanza
y fe en la irresoluble incordura del que ama,
como para que ahora, en ráfaga,
en corta y cuarenta,
me arranques las pasiones,
 ilusiones,
susurradas entre sábanas de arena mojada,
delineando un futuro que no se deja ya oler.

Entiendo los motivos del CAOS,
del ecléctico vaivén de la compostura.
Entiendo que no sea el momento,
y no ser más que la persona sobrante..
.
Entiendo la fácil supresión de mi persona,
de mi voz, de mi alma.
 Lo juro, que lo entiendo.
Sin categorismos, sin arrastres de marea,
sin palabras que edulcoren ni embellezcan
la caída de los jardines colgantes.

Pero no puedo evitar amar,
no puedo apartar mi reflejo,
NO quiero hacerlo,
¡Sé que soy imperfecto!

Corrijo mi voz con la congoja acumulada
respiro de mala presenzia, No sueño
NADA
Espero mirando por la ventana, como quien vive,
ensimismado, dudando de que el viento me traiga
un pedazo de piel, espuma de Atlántico,
el sabor de tus labios, las chinas sombras
de tus dedos sobre mi espalda...

Demasiadas palabras. Puedo resumirme...

Ni todo es tan negro, ni huele a horno de leña.
La pureza reside en los latidos que no me pertenecen.
La distancia es una puta despiadada,
un contexto fácil y escabroso.
He decidido en máxima discreción
no callarme ni una lágrima más,
No puedo.
Porque no puedo.
Y aunque sale el sol,
y casi puedo inventarme
que se siente con una carizia,
suenan palmas en vez de latidos,
palmas en eco,
aplausos de fin de función.
Una muesca más,
poco soy más que eso.
Derribo las puertas de Roma,
para encontrarme sólo los cuerpos
sin vida
de cada uno de mis sueños.

miércoles, 16 de julio de 2014

El Dorado

El espejo frente a mí. Lleno de manchas, reflejos en negro de mí mismo. Un espejo agrio, resultante del paso abrupto del tiempo, del descuido, el afán por golpearlo todo. Yo, desnudo, sin apenas luz, aunque desde la calle las farolas encendidas alumbran hacia dentro, dejando en reverberación la afirmación de que la oscuridad es asumida y no obligada. Un yo, tembloroso y lleno de arañazos, interiores o externos, qué más da. Un yo, abatido, cansado y sin apenas reflejo. Con la mirada fija, en la parte superior del cristal, mirando con desdén, si puede usa palabra, lo que rebotaba de vuelta. Juventud. Juventud en pulso con la tentadora inconsciencia de acabar tatuado por una vida, en marcas, cortes, cicatrices, sin más interés que el insano sinsabor de quedar plasmadas. Un mapa de carne y músculos. Un mapa sin puntos concretos, sin puntos g, sin puentes levadizos. Quieto, casi inerte, parado frente al mismo. Mirándome como quien mira algo que nunca ha visto pero que le suena. Con la duda del que duda. Sin saber si a ciencia cierta, es el cuerpo el templo del alma, y si cuando el alma ebulle, el cuerpo se empieza a pudrir. Como una manzana a la intemperie, como el sueño desenfrenado de la vigilia. El ego da un paso atrás, no es eso lo que prima. La sensación del que divisa desde el mástil colono del conquistador tierra árida, y desiertos de arena sobre arena. Cierro los ojos. No ver nada me relaja. Giro la cabeza y me quedo con la vista clavada en la ventana, que tras unas cortinas rojas deja entrar un poco de luz. Un baño leve de fuegos fugaces entre tanta oscuridad.
.Oscuridad.
..Oscuridad..
…Oscuridad…
La boca se me hace agua al pensar que quizás ese Dorado que tanto obsesionó a Pizarro, que tanta leyenda ha hilado en torno al sueño de la vida eterna, del oro prometido, de la conquista del paraíso, no quedaba lejos de ser otra mera leyenda. Me miré el pecho, sin apenas vello, ni abdominales marcados, y empecé a intuir un destello dorado. Alsacia y Lorena entre mis costillas, junto al corazón, y yo sin tener ni idea. Golpeé con mi cabeza el espejo y al tercer intentó conseguí romperlo por una de sus partes. Cogí un pedazo de cristal, uno bien afilado, recién tallado a golpe de mente y me lo clavé en la mitad exacta y simétrica del torso. Harakiri de profética desgracia. Me removí la cría de espejo, en espejismo prolongado, a lo largo de la piel, formando un corte profundo. La sangre brotaba como buscando un lugar donde esconderse en cascada hacia el suelo. La luz seguía tras de mí, el espejo, o lo que quedaba intacto del mismo. Me fui muriendo sin pausa. No por perder el aliento fui desprendiendo menor reflejo. No había oro en mis entrañas, ni tierra prometida que valiera la pena mencionar. Sólo sangre y hueso. Una genuflexión frente a la santa muerte, con los ojos sobre los ojos, con los ojos sobre los ojos…


La violencia de una juventud desatada en manos de una fuerza menor. El sueño ininterrumpido en un hilo de aliento, extinguiéndose de forma paulatina. El vaivén de la ética existencial a un paso del suicidio. Los acantilados del fin del mundo al otro lado del espejo. Olas entrechocando, rocas en pie de espuma, y el viento caliente que emana de un sol en vísperas de clímax. El olor de la noche, el olor a vidrio roto, astillas de grano. Sólo queda el sonido, los ojos están demasiado cansados. Un sonido a nueva era, un renacer confuso donde no hay certeza inequívoca ni rastro del pretérito perfecto. El vuelo de un ángel sobre mi cabeza. Un ángel de plumas grises y pico curvado. El mismísimo rey de los cóndores, sobrevolándome. Un cuerpo joven tendido, yaciendo bajo la sombra del sino carroñero. Huele a azufre y a cera derretida. La farola del exterior ya sin luz imposibilita las sombras chinescas a través la cortina amatista. La sangre en alfombra de terciopelo. Babilonia en terciopelo rojo. Sujeto el último pedazo del espejo con la fuerza del que se niega al abandono. Mi cuerpo se desprende del alma mientras se va secando como una rosa de Jericó proveniente del desierto. Me quedo sin salivo. Me quedo. Apoyo la cara al suelo. Vienen los indios. EL cóndor se posa sobre el espejo observando mi cuerpo, que en baile epiléptico boquea en busca de aire. Me conformo con la luz que emite el reflejo roto de cualquiera de los pedazos de mi ira. Ni todo el oro de la entrañas de la tierra puede asemejarse a la conquista de la tierra prometida, del conocimiento sin causa aparente, del exilio del miedo o la ilusión de la vida eterna. El sol.